Estrella errante,
Había sido invitado a aquella fiesta por mi representante. Estaban preparando un casting y no estaba de más que me dejara ver. En mi última película, en la que aparecía vagamente, obtuve alguna buena crítica en el diario local.
No me gustaban estas fiestas, la gente bebía demasiado para acordarse de ti en el momento clave, y yo era abstemio. Me sentía como un diácono entre tanto feligrés del alcohol y otras cosas. No obstante, era capaz de llevar cualquier conversación que me propusieran, me lo tomaba como un ejercicio del que me sabía un experto. Quizás por eso siempre me invitaban, aunque en el fondo me sentía como un bufón.
Asfixiado por el ambiente de la sala, turbio como un mal día, decidí que era el momento de aclarar mi sedienta garganta con algún trozo de hielo. Me encantaba desmenuzarlo lentamente, así que hice acopio de unos cuantos en un vaso y salí al jardín de aquella mansión. Fuera se estaba bien y ese día no había sido especialmente bueno, por lo que ya me encontraba un poco cansado de interpretar mi papel.
Creo que era el único que acudía a ese jardín cansado de tanto ruido burlón. Podía ver todas las salas de la mansión que lo rodeaban, enmarcadas con unos cristales que las convertían en cubículos de un museo arqueológico; ciertamente se podría catalogar así.
De una de estas salas, iluminada con trémulas luces, fruto de un proyector con alguna película, salió una chica. Por su forma de moverse se podría adivinar que estaba demasiado embriagaba, más incluso que el resto. Con la mirada demasiado perdida, intentó decir algo y me saludó, pero como no nos conocíamos, pensé que solo intentaba disimular su mal estar. Cruzó todo el jardín, sin seguir el camino de baldosas sobre el césped y entró en una sala del otro lado del jardín. Casi tropezó con el marco del ventanal que hacía de puerta. Se acercó a un sofá y casi se desplomó, al más puro estilo de aquellas películas mudas de los años 20.
Resultó un tanto cómica la escena, pero ya estaba acostumbrado a este tipo de situaciones. Quizás el raro era yo, pero incluso me gustaba esa sensación de bicho de laboratorio, diferente al resto, o eso me gustaba creer. Miré al cielo, que en aquella zona se podía dibujar con la mirada sin mucha dificultad, y lancé uno de mis lamentos. -Bueno, -casi susurré- habrá estrellas más errantes, pero no tan solitarias.
Y justo al concluir mi lamento, colofón de mi paso por aquella velada, pasó algo. Debía ser uno de los chicos de seguridad, porque no me sonaba su cara, pero qué diablos, no me sonaba la cara de casi nadie. A hurtadillas, camuflado por el desinterés del resto, entró en la sala donde la chica yacía inconsciente. Torpemente corrió una tenue cortina para camuflar la escena y se abalanzó sobre ella.
En estas fiestas podía pasar de todo, pero yo nunca me quedaba hasta los créditos y, casi siempre, escuchaba el resumen por boca de mi representante. El caso es que, casi sobresaltado, me levanté, quizás ya estaba harto de martirizar suficientes hielos. Crucé todo el césped sin demasiada prisa, siguiendo el camino de baldosas, mientras pensaba como acometer la situación. No me sentía ningún caballero, pero el caso es que estaba actuando como tal.
Casi mascullando me dije, ¿Quién coño es este tío?, ¿con qué derecho se está aprovechando de esa chica?. Llegué a la sala, provocando el suficiente ruido al entrar como para hacerme notar. Allí estaba ese individuo, recorriendo con una mano las formas de la chica, que parecía dormida. No pude más y comencé con lo mejor que sabía hacer, hablar y fanfarronear.
Espero que seas su médico. Vete, ni te lo pienses, hazlo. Le dije.
¿Qué eres, su hermano, o qué?. No es asunto tuyo, tío. Te voy a joder vivo. A penas se volvió y me respondió sin la menor sorpresa.
No, lo intentarás y tu pequeño experimento acabará en lágrimas, amigo. Por si no me han oído los del fondo, ni te lo pienses. Lárgate de una puta vez, o vamos fuera ahora mismo. Ya debería estar en la cama. Tú eliges. Si, a fanfarrón no me ganaba nadie.
Por supuesto, una vez más, se confirmaba que mi bravuconada no me llevaría muy lejos. Después de dos intentos fallidos de golpear su guapa cara, él consiguió varios intentos con acierto pleno. No, esta noche no sería diferente. Volvería a casa con la moral por los suelos y la cara para el arrastre.
Antes de irse, me escupió algunas advertencias, pero el último golpe me había dado de lleno en el oído, y el pitido no me dejó oír su locuaz despedida triunfal.
Tumbado sobre el césped, sin muchas ganas de levantarme, volví a mirar a esas estrellas errantes, más apesadumbrado que antes. Lo prometo, me dije con la boca ensangrentada, tengo que tomar clases de karate.
No amigo, me dijo alguien desde una zona que no podía distinguir, es el carácter lo que tienes que pulir.
Allí, en un ángulo sombrío del jardín, estaba el hombre del momento. Él había sido galardonado en la anterior edición de los Premios. Primera película como actor revelación y lanzado al estrellato. Había sido algo sorprendente.
Mi gurú me dijo que hoy conocería a alguien a quien tendría que ayudar. Creo que eres tú. Soltó una leve carcajada, salió de la penumbra y se acercó a mi.
Bueno, le dije, es obvio que no lo has hecho. Quizás debiste intervenir cuando intenté parar sus golpes directos con mi cara.
No, creo que llegué a tiempo. Es ahora cuando más ayuda necesitas, cuando tu ego aún sigue tumbado sobre la hierba. Ven, y con una mirada brillante y una mueca sonriente me tendió su mano.
No se en que momento firmé el contrato de amistad, pero esa mano pudo ser el mejor documento que jamás pudiera aceptar.
…
Texto en negrita extraído de la película Kiss Kiss Bang Bang (2005).